La noche es el bálsamo para quienes aborrecen al anodino sol. Ana regresa a casa con el atardecer bañándole la espalda. Las últimas noches no ha podido descansar, anhela con ardor poder recostar su cabeza sobre la almohada y entregar su despierta conciencia a la bóveda oscura del reparador sueño. Como una especie de oración todas las noches repite: “No me acompañes, déjame ir. No quiero despertar, solo quiero dormir”. Sin saberlo, hay voces, miradas que la acompañan, espíritus que ilustres buscan dominar la materialidad del mundo, ofrecen piezas de carne a cambio de la solución para las sumisas aflicciones.

Ana camina por la avenida Otranto. Despierta. El reloj marca las nueve y la fracción siniestra de sueño que ha tenido la mantiene una vez más, exhausta. 

Ana camina por la avenida Otranto. Un joven se le acerca, no puede verle el rostro. Despierta. El reloj marca las ocho; el sueño ha dejado en los labios, una esencia rota de absenta, suplicando otro trago imaginario. Sigue exhausta a pesar de la verde enajenación.

Ana camina por la avenida Otranto. Un joven se le acerca y con voz opaca le pregunta la hora. Ella mira su reloj de pulsera, sin poder observar la hora, despierta. El reloj de su cabecera marca las siete con treinta; el sueño ha nublado su corazón, este ya no se precipita hacia el abismo del descanso.

Ana camina por la avenida Otranto. Un joven se le acerca y la abraza con desesperación. Ella se queda inquieta mirando con obnubilación la inquebrantable escena. Despierta. El reloj no suena, lo que la despierta es un sonido hueco proveniente del espejo.

Otra noche más; Ana pasa las páginas de su alma envuelta en un llanto invisible, recordando la dicha de la niñez, cuando el cansancio del juego le hacía sumirse en un apacible sueño. El atardecer se evapora en la sombra inquieta de los condominios, gigantes que observan deslavarse los rostros de la ciudad.

Ana camina por la avenida Otranto, con prisa, porque la noche se ha encajado en lo más hondo de las horas, peligra. Un joven se le acerca con la camisa abierta, la abraza, le susurra: “Te quedas en mis brazos, con cantos, música y ahogos fatigados”. Ella cae y se desvanece en el  piso.

Desde el otro lado de la calle Ana se abofetea a sí misma, no pasa nada y sigue observando extraña  la escena, soñando despierta.


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