Por: Alma A. C. Carbajal Guzmán

 

 

 

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La Navidad no es de los capitalistas,  o de los que revientan en alcohol y sonrisas tardías en el Monte de Piedad. Es de los desvalidos de sentimiento, de quienes retocan en lágrimas recuerdos rotos. Las esperanzas van hilándose con crueldad,  traumáticamente, en el reflejo tardío de una esfera de cristal, reproduciéndose en un #dejavu, que llega en una fecha inexacta, donde nadie sale invicto y con una corona de soles en la sienes. Somos todos y somos aquellos,  que buscan una sola razón para no oscilar la marcha fúnebre del péndulo entre suelo y el cuello.

 

Diciembre es el mes de las penas resucitadas,  anhelos incrustados en vidrieras que solo indigestan al alma y al espíritu. El significado se ha volcado en la gula incesante de los sentidos, el corazón no busca consuelo o reflexión, sino que late aceleradamente al ritmo de los clicks, los pitidos de la compra al pasar  el código, un código de compra y venta,  que incita, remueve las manías para exorbitar los ojos, el hambre insaciable del materialismo que no busca saciarse hasta que de la última campanada.

 

Este mes es de los olvidados, de la inquebrantable ausencia, de las continuas incertidumbres  que crecen en los lares de nuestra conciencia; de los suicidas que se arrepienten –   tiritando en el intento fallido por quitarse la angustia de la nuca – y de los que logran satisfacerla, exhalando la última de las plegarias, como escape desesperado en este hórrido mundo.

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